Estaleiros
São Jacinto
São Jacinto
Agosto 2025 - São Jacinto, Portugal
En la costa occidental del río Aveiro, ya cerca de su desembocadura y donde se convierte en ría para llegar a unirse con el Atlántico, descansa un pueblo que parece ubicado para despedir al navegante que acometiese la locura de perderse en el horizonte oceánico. São Jacinto parece ubicarse en la periferia de una isla, aunque esté al sur de la península que lleva su nombre. Pueblo invisible entre las coloridas y ruidosas atracciones que la ciudad de Aveiro y La Costa Nova ofrece al turista, São Jacinto solo parece dar la bienvenida al viajero sensible para apreciar sus, en apariencia, inexistentes virtudes. A sus alrededores parece desarrollarse una feria con caramelos de las costas, moliceiros de cera y música moderna que plastifican las calles. En São Jacinto, sin embargo, se detiene el artista, el escritor que siente en su atmósfera cambiante un presagio, o un eco latente, de la voz encantadora de un pueblo en descomposición.
São Jacinto no es más que un puerto que da a la ría que despide Europa y una reserva natural de dunas con su flora, su fauna y su horizonte orientado a la lejana América. En medio, casi dos kilómetros del tiempo detenido en sus muros casi desaparecidos y sus calles fantasmales. En el áspero paseo que une las dos costas, el viajero contempla viviendas quedadas a medias tintas entre el hogar industrial del proletario y la casa reconvertida en vivienda de vacaciones. Mirando las barandillas de reojo, como disimulando encontrar una ruta correcta, me imagino al nieto del plomero de la fábrica tomando el sol en el pequeño huerto de su abuelo. São Jacinto, pueblo industrial hace no muchas décadas, es ahora una huella cultural a medio fosilizar.
A pocos pasos del desembarco del ferry que viene de las landias portuguesas, el artista, o el viajero pausado, puede pararse a contemplar lo que parece un templo saqueado y dejado a su suerte. Repleto de totems desacralizados, en sus muros parecen habitar aún los espíritus moribundos de antiguos ídolos marinos. Su atmósfera es un grito sensible para el lápiz del escritor o para la cámara del fotógrafo, ya que entre las calles de los astilleros de São Jacinto aún parece haber ruidos, olores, gritos de una fábrica que llenó de orgullo, y la sigue llenando, a los habitantes de este recodo del mundo. El que contempla puede imaginar también grandes fiestas y alegrías al sacar a flote titanes de hierro forjados con sus manos, pero de esas emociones tendrá que hacerse cargo la imaginación.
Como el explorador colonial que descubrió entre las montañas exuberantes los restos de una cultura antigua, descubro sorprendido los astilleros abandonados que no hace tantas décadas fueron el centro económico e industrial del pueblo y de toda civilización sitiada en los dos márgenes de la rivera. Imponentes estructuras de edificios, oficinas y roca a medio desprender conviven entre rastros modernos; pequeñas marcas que colonos del tiempo han ido dejando entre sus paredes.
Los Estaleiros son un residuo que forman un tercer paisaje gris y verdoso surgido entre los márgenes del esplendor natural; un enclave evolucionado en medio de la exuberancia de las dunas de la península, del océano y la ría. ¿Cómo sería este terreno antes de la construcción del complejo? ¿En qué se convirtió y en qué se está convirtiendo? ¿Qué papel desarrollan quienes lo contemplan mientras desaparece? El paisaje libre es un hábitat formado por la diversidad no forzada, pero al mismo tiempo, el hábitat puede ser arte cuando se le aplica una mirada sensible que trasciende a la analítica. La sublimidad ante la decadencia,
Los Estaleiros son un residuo que forman un tercer paisaje gris y verdoso surgido entre los márgenes del esplendor natural; un enclave evolucionado en medio de la exuberancia de las dunas de la península, del océano y la ría. ¿Cómo sería este terreno antes de la construcción del complejo? ¿En qué se convirtió y en qué se está convirtiendo? ¿Qué papel desarrollan quienes lo contemplan mientras desaparece? El paisaje libre es un hábitat formado por la diversidad no forzada, pero al mismo tiempo, el hábitat puede ser arte cuando se le aplica una mirada sensible que trasciende a la analítica. La sublimidad ante la decadencia,
esa atracción que nos produce lo terrible y la descomposición, se convierte en São Jacinto en la sensación de una apacible existencia en el retiro de la belleza planificada, o, mejor dicho, en la creación de una belleza propia y ligera ajena a las fuerzas de la intervención del plano.
Me entristece no encontrar entre sus restos alguna quilla a la espera de ser botada. Como consuelo contemplo la grada que pudo sostener hasta doscientos barcos de acero, de distintas tipologías. Miro los bolardos, jubilados y a la espera de la muerte, e imagino si aún seguirán vivos los hijos de este templo, por dónde navegarán y si, ya sean pecios o desguaces de hierro, madera y plomo, volverán de algún modo, navegando el aire o traídos por las sensibilidades de sus artistas y viajeros, a descansar entre lo que una vez fue una catedral marina.
Me entristece no encontrar entre sus restos alguna quilla a la espera de ser botada. Como consuelo contemplo la grada que pudo sostener hasta doscientos barcos de acero, de distintas tipologías. Miro los bolardos, jubilados y a la espera de la muerte, e imagino si aún seguirán vivos los hijos de este templo, por dónde navegarán y si, ya sean pecios o desguaces de hierro, madera y plomo, volverán de algún modo, navegando el aire o traídos por las sensibilidades de sus artistas y viajeros, a descansar entre lo que una vez fue una catedral marina.
